Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘neurociencia’

Ratas muestran a científicos que la empatía podría ser una emoción universal que conduce la evolución. ¿Podemos sentir lo que siente el otro porque en realidad somos él?

Hay una cierta justica poética, que evoca los mundos decadentes pero eminentemente empáticos de Phillip K. Dick, en que los científicos de nuestra época hayan descubierto que la empatía es una emoción universal estudiando a las ratas –puesto que, aunque sea un claro prejuicio, asociamos lo ruin de la existencia con estos roedores. Y la empatía es quizás la emoción más sublime que conocemos (una forma cuantificable y estrictamente biológica de lo que llamamos amor, que no necesita de categorías metafísicas) –pero no por ello algo fuera de lo común, algo que trascienda a las ratas.

Un grupo de investigadores de la Universidad de Chicago colocó a parejas de ratas en una jaula de cristal. Una de las ratas podía  andar libremente mietras que la otra estaba restringida a un estrecho tubo de plástico que sólo podía abrirse desde fuera. Reiteradamente, sin recibir una recompensa, la rata afuera del tubo de plástico liberó a su compañera encerrada.

“Las ratas se ayudan entre sí cuando están sufriendo. Esto significa que es una herencia biológica”, dijo la neurobióloga Peggy Mason. “Este es el programa biológico que tenemos”. El estudio sugiere que es al menos plausible que las ratas, así como la mayoría de los animales, tengan “un comportamiento pro-social motivado por la empatía”.

El experimento fue la continuación de uno anterior realizado por Jeff Mogil de la Universidad McGill en el que se demostró que los ratones tenían la capacidad de un”contagio emocional” –algo que describe la tendencia entre los ratones a mostrar su molestia cuando uno de sus compañeros de celda padecía dolor.

El etiólogo Frans de Waal en esa ocasión justificó usar el término empatía –el cual debemos llamar no sólo la capacidad de ponerse en los zápatos de los demás, sino también en las “patas” de los demás. Tal vez la empatía no es, como se creía, un proceso cognitivo de alta sofisticación evolutiva, sino un fenómeno simple y universal, “tan viejo al menos como los mamíferos y corre profundamente dentro de nosotros”.

Ampliando esta posibilidad, al mismo tiemnpo el neurobiólogo Inbal Ben-Ami Bartal estaba haciendo una investigación con cáncer en Israel, cuando notó que las ratas en su laboratorio manifestaban una inconformidad cuando se estaba realizando cirugía a otras ratas. A esto se le añade el hecho de que algunas ratas llevan comida a otra rata cuando ésta está atrapada.

El estudio mencionado de la Universidad de Chicago contempló numerosas variables. Cuando se utilizaron ratas falsas en el tubo de plástico las ratas no las liberaron; para descubirir si las ratas no estaban respondiendo a una recompensa social –su versión de un abrazo de gratitud– las ratas fueron liberadas pero en una jaula separada: de todas formas las ratas siguieron liberándose. Cuando se les permitió comer chocolate antes, las ratas tendieron a liberar a sus compañeros antes y luego y comer y compartir el chocolate. “La empatía es una motivación poderosa, a la par con el deseo de chocolate”, dice de Waal. Valdría la pena ver si lo mismo ocurre con los humanos, ¡conozco algunos que pierden la cabeza con el chocolate!

Es interesante regresar a Phillip K. Dick y explicar por qué consideró significativo incluir a este escritor de ciencia ficción estadounidense en este artíuclo sobre la empatía y las ratas. Por un lado Dick consideraba que la divinidad o aquellos principios y diseños eternos de nuestro universo se revelaban en los rescoldos más inesperados y desperrcibidos, en la basura y en el arrabal, ahí, quien tuviera ojos para ver, podía percibir la inmanencia divina del universo. Ciertamente hay una gran distancia entre la empatía de las ratas y la prueba de la existencia de la divinidad, sin embargo, que exista esta solidaridad y esta capacidad de ponerse en el lugar del otro, casi nos habla de un sacrificio programado en el código, una especie de sacralidad profunda o “un ángel en la biología”. Y esto es altamente esperanzador –justamente como aquellas muestras de empatía en el hombre promedio sacudido por la distopia y la decadencia cósmica que aparecen en las novelas de Dick como una luz en los ojos al enfrentar un agujero negro.

“Lo que nos hace humanos es nuestra habilidad para sentir empatía por otras criaturas vivas”, escribió con máxima honestidad Phillip K. Dick. Constantemente preguntándose cuál es la naturaleza de la realidad, y para ello diseñando mundos alternativos verosímiles en los cuales poder plasmar esta interrogante hasta su última consecuencia, Dick, extendiendo al ser humano a situaciones de otredad cósmica y de desintegración de su estructura fundamental, siempre mantuvo una esencia definitiva de lo humano en su peripecia: la empatía. Afrontando invasiones extraterrestres, dictadores holográficos, vampiros interplanetarios, drogas psicoactivas que modifican la sustancia de lo real y androides y robots que nos ponen en entredicho ontológicamente: la empatía era la única cualidad que nos podía salvar en esta vorágine implacable (y alucinatoria en niveles de algunos niveles de conciencia) que es la evolución del universo/la relación feroz entre especies que buscan perpetuarse.

La empatía como salvaguarda biológica tiene un claro sentido evolutivo dentro de una especie. “Mamíferos que necesitan cuidado y nutrición cuando nacen requieren algún tipo de conexión empática entre madre y crías, dice Bartal. Los científicos creen que la empatía podría estar localizada en el sistema límbico y en varias hormonas y neurotransmisores comunes a todos los mamíferos (aunque es posible que la empatía incluya a otros animales e incluso a las plantas).

El año pasado publicamos en Pijama Surf un ensayo en 10 partes en el que Aeolus Kephas explora la relación entre la empatía, la individuación, la telepatía y la literatura. Kephas esboza una interesante teoría para explicar la telepatía como una forma de empatía a través de la neuronas espejo. Existen en el neurocórtex neuronas que se activan de manera imitativa cuando observamos a otro ser vivo realizar una actividad –así el ejemplo seminal de un mono que, al ver a un hombre comer un cacahuate, activa en su cerebro neuronas como si él mismo estuviera comiéndose ese cacahuate. Ponernos en el lugar de otro parece ser una de las capacidades fundamentales del cerebro animal, para aprender y  para proteger.

Aquellos ratones que se contagiaban emocionalmente del sufrimiento de otros ratones, o aquellas ratas que se perturbaban cuando otra rata era operada quizás apunten a la existencia a una red sensorial transpersonal entre todos los seres vivos. Curiosamente en el hombre aquello que lo hace más humano yace en la profundidad animal y más primitiva de su neurobiología –si bien ahora tiene la capacidad de hacerlo consciente.  En este sentido quizás la evolución humana necesite de un retorno a una esencia biológica prístina –aprender más del perro y de la rata que de la computadora y el bot. Y esto explica porque en medio de las distopias tecnológicas, en la obra de Phillip K. Dick, como en la actualidad mundial que experimentamos, hay una añoranza por regresar a la naturaleza –quizás no tanto a los bosques y jardines que vemos desplazadas sino a las áreas verdes de nuestra propia psique que se van también desplazando hacia profundidades neurales dormidas e inertes. 

Aislados del mundo, desde siempre al construir la ilusión liminal de nuestro ego, pero ahora también por redes de interconexión tecnológica que en ocasiones desarticulan la conexión humana inmediata, quizás sólo desarrollar nuestra empatía pueda conectarnos verdaderamente con el mundo y con nosotros mismos –en ese espejo sin fronteras. Escribe Kephas:

…la empatía nos remite constantemente al momento, de regreso a un estado de “empatía”, un estado de “empatía”, receptividad y claridad en el que respondemos no solo a lo que la persona dice sino a lo que es. La empatía es la forma más alta de respeto, ya que permite al otro ser un otro y también nos permite experimentar el estado cerebral (sufrimiento, confusión, etc.) como algo igualmente real y valido, como nuestro. La empatía no solo significa tomar en serio los sentimientos de los demás (eso esta más cerca de la simpatía y puede en ocasiones hacer más mal que bien al reforzar esos sentimientos). La empatía significa acceder a una base de datos más grande que la de los sentimientos, que son volubles y altamente subjetivos. La empatía es transpersonal. Se extiende más allá de lo meramente personal y al mismo tiempo incluye lo personal. Tener verdadera empatía por otra persona significa sintonizar no solo a esa persona sino a todas las personas que hemos visto en un estado similar o circunstancia en el pasado.

He ahí una teoría no sólo de la empatía como emoción universal, sino como emoción que nos permite acceder a lo universal. La empatía podría ser tal vez una especie de puente cognitivo que, al colocarnos en el lugar del otro, nos muestra que somos intercambiables, que somos y participamos en los otros, que existe un cordón invisible que nos une con toda la existencia a través de la percepción sensorial. Y aquel que empatiza con alguien empatiza con todos, siente el sufrimiento, la alegría, la angustia de todos los eones –y esa rata que liberó a otra rata en el labortaorio, nos liberó también a nosotros.

 [Wired]

Twitter del autor: alepholo

Tomado de Pijamasurf

Read Full Post »

En su teoría de la Conciencia Esparcida, Riccardo Manzotti plantea que la conciencia es un proceso en constante flujo entre el mundo y la percepción del mundo, surge de esta relación y no del cerebro.

Aunque la ciencia establecida acepta que la conciencia es un fenómeno que no  ha logrado ser explicado cabalmente, generalmente se asume que esta es el producto de procesos neurales, y como tal se fija en el cerebro. La filosofía oriental por otra parte usualmente considera que la conciencia no puede ubicarse en un sitio, sino que es aquello que soporta la existencia y está diseminada por el universo: la conciencia está en la mente, pero la mente está en todas partes.

Este añejo dilema, actualmente dominado por la visión del racionalismo que separa al mundo de la mente (y el espíritu del cuerpo), tiene un interesante avatar en la teoría de la Conciencia Esparcida (Spread Consciousness) del científico y filósofo italiano Riccardo Manzotti. Manzotti, quien antes se desempeñó en el campo de la robótica, propone algo radical: “Las personas dicen que un robot almacena imágenes del mundo a través de su cámara digital. No lo hace, almacena datos digitales. No tiene imágenes”. Lo mismo ocurre con nosotros: “Nuestra experiencia visual del mundo es un continuum entre el que ve y lo que es visto en un proceso compartido de visión”. 

Para ilustrar esto, Manzotti utiliza el ejemplo de un arcoiris. Para que un arcoiris ocurra es necesaria la luz del sol, gotas de lluvia y un espectador. Al menos de que alguien esté presenciando, desde cierto ángulo, este arco de colores no puede aparecer.  Uno de los elementos de los que está compuesto el arcoiris es la percepción: nuestros ojos, nuestro cerebro. No existe como algo independiente en el mundo o cómo una imagen separada de lo que es percibido: la conciencia está difundida entre la luz del sol, la lluvia, el neurocórtex… y genera la unidad transitoria de la experiencia del arcoiris. Es decir, el espectador no ve el mundo; es parte del proceso-mundo. Literalmente somos parte del paisaje.

Se podría objetar que de todas maneras tenemos conciencia cuando nos abstraemos del mundo, cerramos los ojos o soñamos y que entonces el cerebro es suficientemente capaz de sostener la conciencia sin el apoyo del mundo exterior. Pero Manzotti argumenta que la conciencia sigue esparcida entre la mente y el mundo. Por una parte existen percepciones inconscientes que luego surgen –así podemos soñar con un lugar del cual no tenemos memoria consciente que vimos, pero que es el resultado de una o un conjunto de percepciones que tuvimos en algún momento. Es la continuación de un proceso que se inicio quizás hace años (una ventana que apenas vimos con el rabillo del ojo donde había un árbol). Manzotti cree que todo lo que ocurre en la mente tiene un origen en el mundo material y por lo tanto nada es del todo inventado. No cree evidentemente que alguien pueda soñar con algo con lo que no ha tenido algún tipo de contacto previamente. Tal vez aquí podamos diferir, y bajo su propa teoría argumentar que es posible, por ejemplo, soñar con símbolos que nunca hemos visto precisamente porque están en el mundo, de alguna manera codificados o integrados a su urdimbre y nos son transmitidos en la conciencia, que es por definición colectiva y que compartimos con las cosas. Por ejemplo las visiones arquetípicas que otorgan ciertas plantas pudieran estar presentes en un campo de información compartida que se entrelaza con nuestra red neural.

El novelista Tim Parks, quien entrevistó a Manzotti para la revista New Yorker, le sugirió que su teoría es similar a lo que sostiene el budismo (posiblemente a lo que se conoce como Pratītyasamutpāda, un término que hace referencia a que todos los fenómenos emergen conjuntamente en una red interdependiente de causa y efecto) y que la conciencia es la fusión de procesos mentales con los procesos que llamamos objetos en un estado de flujo constante (algo que también recuerda a la obra de Alfred North Whitehead). Manzotti es reacio a estos comparativos, pero la semejanza es notable.

Separar la mente del mundo, al hombre de los procesos de la naturaleza, es una cómoda ilusión, en cierta forma un mecanismo de defensa:

Al localizar la conciencia exclusivamente dentro del cerebro podemos imaginar que el sujeto, yo, en un nivel muy profundo, no está sujeto a la misma ley de cambio constante que evidentemente gobierna los fenómenos a nuestro alrededor. El sujeto asimila y descarta atributos, pero en esencia permanece él mismo. Esto permite la noción de que uno es responsable, incluso de acciones llevadas a cabo años atrás, y por lo tanto genera un universo moral particular; también crea la reconfortante ilusión de que tal vez el ser podría sobrevivir separado del mundo. Detrás de esto yace el deseo de negar los cambios en nosotros, quizás de sobrevivir la muerte. De cualquier forma, ser una entidad afuera del mundo.

Es fascinante y a la vez terrorífico pensar que no somos responsables de nuestros actos porque no estamos separados del mundo y estamos siendo constantemente influenciados por todo lo que ocurre. Algo que, si lo llevamos a última consecuencia, visto de otra manera, significa que en realidad somos responsables de todos los actos que jamás se han realizado ya que más que individuos somos el mundo, el proceso –aunque (aún) no tengamos la conciencia de todas las conciencias en una. Mientras rige el caos, la entropía, el conglomerado de flujos interpenetrados que se suman para generar todo lo particular desde lo universal. Tal vez la métafora muchas veces utilizada del río para describir el pensamiento y la conciencia esté directamente inspirada de ese flujo que es el mundo: el Tao, sin nombrarse, se dice a sí mismo moviendo.

Manzotti no habla de esto, pero me hace pensar en aquella ampliación del adagio hermético “como arriba, es abajo” que dice “como adentro, es afuera”. En realidad porque afuera no existe. Consideramos la piel y el cerebro como una barrera que moldea nuestra unidad independiente, sin embargo las fuerzas físicas no conocen esa barrera: el electromagnetismo o la gravedad lo mismo afectan nuestra epidermis que nuestros órganos y células. Mcluhan dijo alguna vez que en “la era eléctrica usamos a la humanidad entera como nuestra piel”, pero podríamos decir que todo el mundo es nuestra piel, nuestros ojos son el sol y nuestros brazos son el aire. La con-ciencia está en el ser con, en el contacto, en la conexión, es una constelación ubicua de estrellas neurales. 

[New Yorker]

Twitter del autor: @alepholo

Tomado de Pijamasurf

Read Full Post »

¿Es el mal solamente un concepto lingüístico, un efecto de un ensamble neurofisiológico particular o una fuerza metafísica?

La neurociencia es probablemente la rama de la ciencia moderna más ambiciosa, amenazando con absorber los problemas de la psicología, la filosofía y la moral –en realidad todo el humanismo– y declararlos como meros epifenómenos del cerebro humano, reducibles a una zona milimétrica en este órgano cumbre o a la mera relación entre una serie de vías neurales. Aunque este reduccionismo eminentemente materialista puede ser considerado como una delirante simplificación (y aprisionamiento) de elementos inasibles –como el espíritu, la conciencia o las ideas–también es cierto que en muchos aspectos la neurociencia se ha mostrado sumamente precisa y efectiva.

Ron Rosenbaum analiza en la revista Slate el problema del mal, el cual la neurociencia sostiene haber resuelto: el mal no existe, los actos “malos” son solamente el resultado de un neurorcórtex predeterminado a actuar de esa forma. Varios neurocientíficos actualmente mantienen la idea de que los actos conscientemente y voluntariamente malignos son una ilusión. Personas como Anders Breivik o Jared Loughner, según esta veta científica, son víctima de anomalías en su amígdala, de disfunciones en sus lóbulos prefrontales o de una conjunción de relaciones neurales que se combinan para determinar, a fin de cuentas, que cometan una atrocidad como matar a docenas de niños en un lago en Noruega.

“¿Y al reducir el mal a un malfuncionamiento puramente neurológico o a una malformación en las conexiones del cerebro físico, al eliminar el elemento de tomar una decisión consciente en base al libre albedrío, acaso no han eliminado los neurocientíficos también la ‘agencia moral’, la responsabilidad personal? ¿Significa esta excusa de ‘neuromitigación’ –’mi cerebro me hizo hacerlo’ como la han llamado algunos críticos– que ningún ser humano quiere hacerle mal a otro? ¿Que todos somos inocentes, como los buenos salvajes de Rousseau, algunos afligidos por defectos –’bichos cerebrales’, como los llama un nuevo libro de neurociencia pop– que causan los comportamientos antes conocidos como malos?”, escribe Rosenbaum.

Esta es solamente un nuevo avatar de una de las más antiguas discusiones del pensamiento humano, ahora bajo la retadora  y supuesta infalibilidad de la ciencia moderna. Como se habrá hecho evidente, en ella confluyen los problemas no menos significantes de si tenemos libre albedrío y de qué es la conciencia (tangencialmente figura también la pregunta sobre la existencia de Dios, con su supuesta benevolencia infinita).

En la práctica, en la vida cotidiana, nuestra sociedad acepta de manera tácita y con un profundo arraigo, la noción de que el mal existe. Padres y maestros enseñan de manera automatizada a rehuir el mal, las personas malas y las cosas que hacen mal –sin realmente considerar que si nuestro cerebero (o nuestro destino) está preoordenado, difícilmente harán diferencia estas admoniciones. Nuestra cultura crea antihéroes malignos como Darth Vader, el Guasón o Hannibal Lecter y por otra parte condena  a personajes como Osama bin Laden y se mistifica por “abominaciones” como Charles Manson. Los políticos usan palabras como “el eje del mal”  o “escapar de la lógica del mal” (palabras de Benedicto XVI después de lo sucedido en Noruega). En la mayoría de los casos creemos en “el mal”, aunque realmente no sabemos qué es.

Uno de los más interesantes acercamientos al “mal” es el del neurocientífico Simon Baron-Cohen (sí, el primo, un poco más serio, de Sacha Baron-Cohen aka “Borat”).  Baron-Cohen considera que lo que nosotros llamamos “mal” es en realidad la falta de empatía en el cerebro. Este científico británico traza toda un anatomía de la empatía dividida en  13 regiones específicas que constituyen el “circuito empático”, ubicando en distintas regiones del cerebro los mecanismos que llevan a una decisión “maligna” o “no-empática”. Un cerebro sano actúa de manera conjunta para derrotar un “enfoque de único propósito” el cual exhibe una inhabilidad a “reconocer y responder”  a los sentimientos de los otros. 

Baron-Cohen no sólo abole el mal, acaba también con la bondad: la cual sería el resultado de un circuito empático bien aceitado. “Reemplazar el mal con la no-empatía, es más un truco semántico que  un descubrimiento científico”, dice Rosenbaum, quien también plantea la pregunta sin respuesta de cómo saber si tal parte del cerebro está causando esa empatía o simplemente reflejándola. Podríamos decir que pese a tener un cerebro no-empático podemos tomar la decisión de actuar con empatía o si esta no se nos da de manera natural, podemos decidir desarrollarla disciplinadamente, aplicando nuestra voluntad a la neuroplasticidad de nuestro cerebro. Pero también se podría objetar que estamos predeterminados al resultado de nuestra búsqueda empática: aquellos cerebros con un circuito previamente dispuesto para desarrollar la empatía son los que lograran su cometido (sobra decir que nos movemos sobre terrenos pantanosos,  donde cualquier piedra de toque se puede convertir en un  regressum ad infinitum).

Otro entusiasta del neurodeterminismo, David Eagleman, en su libro Incognito vislumbra un mundo orwelliano en el que se usaran resonancias magnéticas para identificar a las personas que tienen el potencial de cometer actos anteriormente conocidos como malos, y se les preescribirá tratamientos como “aerobics prefrontales” o de “balance temporal superior” para remodelar el cerebro. Sin embargo, algunas personas con cerebros indispuestos para la normalidad social deberán de ser removidas, incluso de por vida (si la ciencia no es capaz de “corregir” el cerebro).

Esto es quizás el lado extremo del domino de la neurociencia, que tiende a exhibirla como un exceso. Pero el problema no tiene solución fácil. Algunas vertientes de la física moderna incluso consideran que el universo está predeterminado por sus condiciones iniciales, no sólo tu neuroconectividad sino cada átomo en el espacio es el resultado de estas condiciones iniciales –las cuales pueden ser vistas como un código de programación. Según el principio antrópico, es tan improbable que el universo haya podido evolucionar a su estado actual que delata una preselección (o incluso una postselección, ya que el universo podría estar siendo guíado desde el futuro). En palabras de Einstein “Dios no juega a los dados”. Bajo esta perspectiva, que ciertamente no es la única dentro de la física, todo lo que sucede es la consecuencia de una serie de eventos encadenados que se remontan al inicio del tiempo, y en este sentido todo lo que haces está sujeto a esta causación determinista –que puedas o no matar a tal persona está ligado a que se haya formado (y a que se pueda formar) tal estrella.

De nuevo volvemos a una compleja encrucijada, ¿hasta que punto el individuo tiene una voluntad y una capacidad de decidir independiente del universo y de la evolución de la materia? Claro que también podemos creer que lo que ha llevado al mundo a ser como es (a dar luz a la vida, etc.) es el caos y el azar. Y que podría ser de cualquier otra forma (y de hecho podría ser simultáneamente de todas las formas, en un infinito multiverso). Pero aquellos que ven un orden más allá de la mera combinación aleatoria o creen en Dios y en el destino tendrán un poco más difícil insertar el libre albedrío a la ecuación.

Regresemos al problema de la existencia del mal. Adolf Hitler es el hombre que para la mayoría de las personas mejor (valga la paradoja) “encarna” la idea del mal en el mundo. Mucho se ha dicho sobre la maldad de Hitler, si esta es el resultado de las vicisitudes de su vida (un científico incluso la ligó a un mordedura de mosquito que le habría producido encefalitis en la Primera Guerra Mundial) y de una complicada historia psicológica que de alguna manera determinó que fuera así –en todo su maligno poderío. Se ha mencionado, tambien, que esta maldad debe de ser el resultado de la influencia de fuerzas ocultas, demonios o extraterrestres (¿y cómo juzgar la  moralidad de estas entidades?), que lo usaron para intentar materializar un oscuro plan de destrucción –involucrando una antigua batalla entre deidades y pueblos perseguidos (o escogidos). Otra posibilidad, a veces manejada, es que Hitler, un hombre inteligente en ciertos aspectos, haya sido la encarnación del mal definitiva, justamente porque decidió voluntariamente obrar así, sediento de poder y ambición y albergando un profundo odio.

Nada es fácil en esta exploración y seguramente no vendrá ninguna respuesta, más que nuevas y más interesantes preguntas.  Hitler evidentemente no consideraba que lo que estaba haciendo era malo, al contrario, bajo su perversa moral, lo que hacía era por un bien ulterior superior. Lo mismo con el asesino Anders Breivik Behring, quien se consideraba a sí mismo un héroe, un honorable caballero templario (más allá de que le hayan lavado el cerebro en programas de control mental o no). Lo que vemos entonces es que las ideas y los patrones de pensamiento que se afianzan en el cerebro bajo ciertas condiciones psicológicas llevan a los hombres a obrar de forma que para la mayoría de la sociedad es considerada como maligna, al hacerlos creer, o programalos a pensar, que lo que hacen está bien. (Parece hasta cierto punto evidente que una idea no contiene en sí misma la semilla del mal –aunque en cierto terreno mental puede germinar “actos malos”). 

Las miles de personas que apoyaron los actos de Hitler, considerados generalmente como malignos, probablemente, neurofisiológicamente, contaban con las características para ser programados para apoyar una serie de actos totalitarios pero del otro lado de esta dicotomía, para realizar actos de bondad –si acaso hubieran escuchado una poderosa voz en la radio y atendieran a eventos masivos orquestados con un alto poder propagandístico que fomentara este “bien”. 

Hay que  preguntarnos tambén si la maldad –incluso los actos radicales de Hitler– es juzgada así solo por una convención social o existe más allá de este juicio de valor contextual. Ciertas sociedades habrían juzgado correcto esclavizar y asesinar a miles de personas –sociedades que fuimos nosotros– con el fin de hacer un bien mayor (bajo una moral revelada supuestamente por un ser superior). ¿Cómo saber que nuestros actos, por ejemplo construir automóviles, quemar petróleo o comer pollo, no les parecerán malignos a una sociedad futura?  Aunque también se podría argumentar que hemos  y estamos evolucionando –y el mal es lo que se deja atrás con la evolución. Aquello que la conciencia deja de admitir.

¿Exite metafísicamente el mal o es sólo un concepto creado por el ser humano?   En su genial novela de ciencia ficción “Iluminatus!, Robert Anton Wilson narra la historia de un sacerdote de la Atlántida, Gruad, que implantó en el ser humano los conceptos del bien y el mal, como un dualismo de control:

“Gruad enseñó al hombre a ver la ingorancia, la pasión, el dolor y la muerte como males, y a luchar en contra de ellos”.

El personaje Hagbard Céline en esta novela enseña a sus reclutas que este maniqueismo es usado por una sociedad secreta (los ubicuos Iluminati que son la continuación de la casta sacerdotal de la Atlántida) para coartar la libertad del hombre, enfrascándolo en un juego moral, en una cárcel lógica oprimida por la culpa que suscita ese espectral hacer mal. Es decir, el bien y el mal son una ilusión y hacen creer que sólo tenemos una serie limitada de alternativas y que seremos juzgados por nuestras decisiones (el peso fantasmagórico del pecado original).  Aunque este razonamiento empoderado en el simbolismo parece ser bastante lúcido, admite el argumento, otra vez ad infinitum, de que la implantación de estos conceptos, de esta visión limitante del mundo, es justamente una manifestación del mal en su multifacética truquería.

El concepto del “mal” es sobre todo una herencia del pensamiento religioso, que a su vez es una herencia del mito y de lo que hoy llamamos a veces paganismo. Quizás la concepción del mal de la mitología y de las culturas consideradas paganas  por los grandes monoteísmo nos brinde una perspectiva más amplia para comprender este “problema”. Para culturas como los aztecas o los egipcios, y muchas otras más, el mal es la otra cara del bien, como es el caos del cosmos (o la carga negativa y la carga positiva); ambos principios de la dualidad universal. Así Set y Osiris, o Tezcatlipoca y Queztalcoatl son ememigos pero también son hermanos, igualmente divinos. Para hacer una larga historia corta, lo que resulta de esta oposición de fuerzas es un balance natural, una especie de fricción que permite la evolución, como la destrucción de lugar a la creación. Y lo que se aprende, la gnosis de esta relación entre el bien y el mal, es que representan una especie de drama cósmico que se repite a lo largo de la historia. Pero que es justamente un drama, es decir una representación teatral, una ilusión, ya que debajo de la máscara que tomen en ese momento, más allá del tiempo, estos dioses que se enfrentan y transmutan son uno mismo. Demon est Deus inversus

Esto no necesariamente significa que no exista el diablo, significa que podría existir como una personficación del universo, como una máscara arquetípica, una corriente de energía primordial –quizás de la misma forma que existe,  de una manera no tan marcadamente arquetípica, tu personalidad (la ficción del ego). Existe para que haya juego (y quizás las personas que han sido históricamente  malignas, como Hitler o Manson, solamente han encarnado un rol.) Tal vez la función del mal en el universo sea increíblemente la misma que la de Darth Vader en “Star Wars”: fortalecer el arco dramático para entretener al espectador (en este caso un espectador que es también la obra y que  al ver a los demás se ve a sí mismo).

Como no queremos ofrecer respuestas sino provocar preguntas, y esta última parte parece definir una posición determinada en cuanto al problema del mal, consideremos un último concepto tomado de Gurdjieff:

“Pecado es aquello que mantiene al hombre amarrado en un punto cuando el hombre ha decidido moverse, si es que es capaz de moverse. Los pecados solamente existen para las gentes que están en El Camino, o que se están acercando a él. El pecado es aquello que detiene al hombre en este propósito, aquello que le ayuda a engañarse a sí mismo y a pensar que está trabajando, cuando en realidad sólo duerme. El pecado es lo que hace dormir a la gente, cuando han decidido despertar”.

Esta podría ser una definición un tanto más práctica e individual del mal, y que necesariamente involucra a la conciencia, puesto que, bajo la concepción de Gurdjieff, un pecado sólo existe en personas que han decidido encaminarse hacia su despertar y por lo tanto son conscientes de que están dormidas.  Detectamos aquí una interesante acepción del mal (o del pecado como una forma de nuevo más útil de designarlo); entendemos en este sentido que el mal sería básicamente aquello que hacemos –una vez que ya hemos tomado conciencia de  nuestra esencia– que va en contra de nosotros (y de nuestra evolución). Algo que se puede entender como una negación de quien en verdad somos. No es rebelarnos contra Dios, es rebelarnos contra nosotros mismos (y nuestra propia divinidad).

Fuente: Pijamasurf

Read Full Post »

¿Dónde está tu mente? ¿en tu cerebro? ¿en tu cuerpo? ¿en el mundo? ¿en la interacción de todos estos? La neurociencia y la filosofía se preguntan hasta que punto se extiende la mente.

Ubicar la mente solamente en el cerebro, aunque  común, en la actualidad parece ser una concepción limitada de nuestros procesos cognitivos.  Ya se lo preguntaban los Pixies en su canción de 1988 Where is my mind? (¿Dónde está mi mente?). Lo que implica una respuesta bastante más compleja que sólo tomar imágenes en resonancia magnética para ver que zonas del cerebro se encienden y decir que sólo ahí, en una masa gelatinosa y eléctrica de nervios que pesa 1.5 kilos, se se deposita toda nuestra capacidad de procesar el universo. Es decir, que la mente, concebida como la res cogitas de Descartes, es una cosa, restringida a una delimitación física dentro de la cabeza. Sin embargo, la respuesta a la extensión de la mente, sin ser definitiva, es mucho más fascinante.

El filósofo Andy Clark escribe un interesante artículo en el NY Times, en el que presenta sólidos argumentos para pensar que la mente se extiende más allá del cerebro, al cuerpo y al mundo. Clark menciona la famosa analogía del hombre borracho que busca sus llaves bajo el faro de la calle y que, cuando se le pregunta que por qué las busca sólo ahí, responde que porque ahí está la luz,  y la relaciona con el hecho de que la neurociencia hace un poco lo mismo al pensar que todos los pensamientos y la conciencia ocurren en el cerebro ya que ahí es donde se prenden las luces.

Un ejemplo de como la mente, la cognición, se ve afectada por procesos más allá del cerebro, es el trabajo de los investigadores Susan Goldin-Meadow y David McNeill, quienes han realizado exámenes de diferentes tareas mentales en los que se prohibe utilizar el cuerpo para gesticular o realizar algún otro tipo de movimiento conspicuo. En varios tipos de tareas mentales, los experimentos han mostrado que cuando se inhiben estos gestos la mente se desempeña con menor proficiencia, algo que sugiere, sin creer que tenemos neuronas en los brazos como los pulpos, que otras partes del cuerpo contribuyen al pensamiento y al razonamiento (y seguramente también a la intuición). A colación es interesante que Nietzche escribió: “Todos los pensamientos verdaderamente grandes fueron concebidos caminando”, alertando sobre esta interacción mente-cuerpo en la que no sólo el movimiento de las piernas y los brazos, sino el espacio que se atraviesa alteran el funcionamiento de nuestra mente. (más…)

Read Full Post »

Nuevo modelo desafía la explicación tradicional del proceso cerebral de la visión

 

Las neuronas de la corteza visual del cerebro desarrollan continuas predicciones acerca de lo que percibirán, y corrigen suposiciones erróneas a medida que captamos información visual. Esto es lo que ha constatado por vez primera una investigación realizada por un equipo de neurocientíficos de la Universidad de Duke, en la que participaron 16 personas de cuyos cerebros se captaron imágenes con tecnología de exploración de resonancia magnética funcional (fMRI). Los resultados obtenidos, y el modelo de explicación del proceso de cognición visual resultante, desafían el modelo que hasta ahora servía para explicar cómo las neuronas hacen posible que veamos. Por Yaiza Martínez.

 

Organización simplificada de la retina. Fuente: Wikimedia Commons.

Organización simplificada de la retina. Fuente: Wikimedia Commons.
Las neuronas de la corteza visua del cerebro desarrollan continuas predicciones acerca de lo que percibirán, y corrigen suposiciones erróneas a medida que captan información externa adicional.

Este mecanismo de cognición visual constatado por un equipo de neurocientíficos de la Universidad de Duke, en Estados Unidos, desafía el modelo que hasta ahora servía para explicar el proceso de la visión.

El descubrimiento podría, asimismo, cambiar la forma en que los científicos estudian el cerebro, informa la Universidad de Duke en un comunicado.

Predecir y corregir

Los investigadores señalan que las neuronas, por tanto, predicen y corrigen lo que vemos antes de que lo veamos realmente, siguiendo un modelo de procesamiento de la información visual conocido como “codificación predictiva”.

La complejidad de este nuevo modelo es mayor que la del modelo estándar que se usaba anteriormente para explicar el procesamiento de la visión, y añade a éste una dimensión extra.

Hasta ahora, el proceso de la visión a nivel cerebral se había explicado de la siguiente forma: las neuronas procesan la información que atraviesa la retina a través de una serie de capas jerárquicas.

En este sistema en escala, las neuronas inferiores detectarían en primer lugar las características de los objetos (como las líneas verticales u horizontales que los componen).

Posteriormente, estas neuronas enviarían la información al siguiente nivel de células cerebrales, que identificarían otras características específicas y que suministrarían la imagen emergente a la siguiente capa de neuronas, que finalmente añadirían detalles adicionales.

De esta forma, la imagen en cuestión viajaría a través de una escala neuronal hasta que quedase completamente formada.

Proceso en milisegundos

Sin embargo, las imágenes cerebrales recopiladas por los investigadores de la Universidad de Duke, dirigidos por el profesor de psicología y neurociencia Tobias Egner, han proporcionado “evidencias claras y directas” de que el modelo antiguo de explicación de los procesos neuronales vinculados a la visión es incompleto.

Estas imágenes, de las que los científicos hablan en la publicación especializada Journal of Neuroscience, demuestran que el cerebro predice lo que verá y corrige estas predicciones siguiendo un mecanismo descendente o “top-down”.

Nuevos datos demuestran que la visión es más compleja de lo que se creía. Fuente: Universidad de Duke.s previously thought. | Tobias Egner, Duke University.
Nuevos datos demuestran que la visión es más compleja de lo que se creía. Fuente: Universidad de Duke.s previously thought. | Tobias Egner, Duke University.
Según los investigadores, en el procesamiento neuronal de la información visual, las neuronas situadas en cada nivel forman y envían predicciones acerca del contexto sensitivo, al siguiente nivel inferior de neuronas.

Estas predicciones son comparadas con los datos sensoriales entrantes. Cualquier incongruencia, o error de predicción, entre lo que las neuronas “esperaban” ver y lo que se observa realmente hace que se envíe una señal en dirección ascendente, dentro de la escala neuronal.

Entonces, cada capa de neuronas ajusta de nuevo su percepción de la imagen, con el fin de eliminar el error de predicción y enviar la información correcta de nuevo hacia abajo en la escala neuronal.

Una vez que la predicción de error es eliminada, “la corteza visual ha asignado su mejor interpretación de lo que es un objeto, y la persona ve realmente dicho objeto”, afirma Egner. El científico añade que todo este proceso se produce inconscientemente, en tan sólo unos milisegundos.

Medición de la respuesta neuronal

Egner y sus colaboradores querían capturar todo el proceso casi al mismo tiempo que ocurría. Para ello, usaron una técnica conocida como exploración de resonancia magnética funcional (fMRI), que permite mostrar en imágenes las regiones cerebrales que ejecutan una tarea determinada.

En este caso, los investigadores se centraron en un área del cerebro conocida como área fusiforme para la cara (FFA por sus siglas en inglés), que se sabe está relacionada con la identificación de rostros.

Los científicos registraron los cerebros de 16 sujetos en total, cuando éstos observaban rostros o caballos situados en recuadros de diferentes colores. La diferencia de colores permitía predecir la probabilidad de que la imagen fuera de un caballo o de una cara.

A los participantes en el estudio se les pidió que apretaran un botón cuando vieran una imagen invertida de una cara o de un caballo, pero los científicos en realidad estaban midiendo otra cosa.

Con los cambios en la combinación de los colores de los marcos de las caras o de los caballos, controlaron y midieron los procesos neuronales de la FFA, distinguiendo de esta forma las respuestas a los estímulos, las anticipaciones y los errores de procesamiento de las células de esta región.

Primera prueba empírica

Utilizando modelos computacionales, los científicos analizaron los datos obtenidos, y pudieron demostrar que los patrones de activación neuronal registrados sólo pueden explicarse por una contribución compartida desde la expectación facial y el error de predicción.

El presente estudio respalda una “perspectiva muy diferente” acerca de cómo funciona el sistema visual.

Según Egner, los especialistas han estado desarrollando durante los últimos 30 años el modelo de cognición predictiva para la visión, pero ningún estudio previo lo había podido probar empíricamente. Para el científico: “este trabajo propiciará un cambio en la concepción del funcionamiento de la visión”.

Artículos relacionados

Fuente: Tendencias 21

Read Full Post »

A %d blogueros les gusta esto: